Es verano hace un calor insoportable mi amiga y yo estamos en su casa tomando un te frío que ella había preparado. De repente se oye un gran estruendo sobre nuestras cabezas. Parte del piso está debajo de la azotea comunitaria que para desgracia de mi amiga, ante la indiferencia del resto de propietarios está “okupada” por una pareja de viejos inquilinos, fundadores de una saga familiar de “okupas” de cuatro generaciones que en unos 25 años han tenido un crecimiento geométrico.
Estas cuatros generaciones, progresivamente, van heredando el derecho de “okupación” de la azotea, techo de la casa de mi amiga. Las generaciones se suceden sin parar y pasan por todo el ciclo vital, primera infancia, segunda infancia, adolescencia, segunda adolescencia, noviazgo rápido, matrimonio, peleas a gritos del matrimonio, palizas, etc. y vuelta a empezar, infancia,.. Cómo es lógico practican el plan docente de los viejos fundadores, nada más educativo que una buena paliza semanal.
Los chicos dejan pronto el hogar, fundando otro igual al que han abandonado, y visitan los viejos fundadores porque tienen una gran terraza donde “se lo pasan muy bien”, los pequeños están mejor que en el parque o en la escuela, galopan a su placer, mientras los mayores organizan verbenas, comilonas, riñas, “taller de chapuzas para la casa”, “cutre-gimnasio”, etc. Mi amiga está desesperada lo ha denunciado a la comunidad en innumerables ocasiones, ya que no solo es insoportable vivir bajo semejante terraza, sino que también supone un gran deterioro de un espacio comunitario expuesto al frío o al calor sin ninguna protección, de tal forma que hay que hacer continuas reparaciones, origen de conflicto entre los propietarios que no entienden porqué hay que arreglar la azotea. Por descontado la familia “okupa” no paga un duro.
A lo que íbamos, verano, muchísimo calor, un te helado, un poco de música de jazz y un estruendo sobre nuestras cabezas. Mi amiga aterrorizada sube a la azotea a ver que pasa, para no variar la familia “okupa” como si en el pueblo estuviesen, habían sacado todo tipo de mobiliario para organizar una merendola sobre su cerebro.
Apenas había abierto la boca, temerosa de dios y del diablo, en tono excesivamente educado les pide que dejen de arrastrar muebles, porque la azotea se estropea y abajo no se puede vivir y, que, por favor, los “little horse” dejen de galopar con tanto brío. Ya digo, apenas mi amiga había abierto la boca cuando se levanta el “big horse” y dirigiéndose a ella, más o menos dice:
-“A ti lo que te falta es un “pito”, así nos dejarías en paz. ¡Si ya se te ve! que no puede aguantarte nadie, estás amargada, nadie te aguanta.”
Siguió cual poseso “pitólatra” adoctrinando enfurecidamente a mi amiga en la fe verdadera, “el culto al pito”. El individuo en cuestión, papá y tío de lo retoños galopadores e hijo de los “viejos fundadores” de la saga, tiene unos 45 años, panza cervecera, rostro más bien de “hombre de cromagnon”, sigue vociferando su doctrina y levantándose de la mesa de la xibeca y la bolsa de ganchitos, con gesto amenazador la conmina para se convierta a la “pitolatría” así verá el paraíso y podrá olvidar la barbarie anclada en la azotea.
Él, seguía gritando consejos sobre los efectos mágicos del “pito”, mientras su mujer, de unos 40 años, menuda, y con aspecto de miedo en sus ojos, se acercó sigilosamente,
-“es mejor que te vayas, no hacemos tanto ruido”
-“¿qué piensas de lo que está diciendo tu marido?”, dijo la incrédula de mi amiga
-“muy mal, pero es mejor que te vayas”. Lo dijo tan bajo que tuvo que agacharse para acercarse y oír a la aterrada mujer.
Mientras esto ocurría, mi amiga decidió respirar hondo, recitar unos cuantos “mantras”, recostarse sobre la pared en posición de descanso, y escuchar en silencio.
Ante su silencio y cara de “poker”, el “big horse cromagnon” se enfurecía más y más:
-“por qué no dices nada, ¿estás drogada?, no te da vergüenza, a mi padre esto le afecta mucho, si le pasa algo te tiro por la escalera, …” (estamos hablando de un 5º piso)
- …. -“y ¡te jo…!, porque no puedes denunciarme ya que no tienes testigos”
A mi no me habían visto porque me había quedado al otro lado de la puerta de la azotea. Mi amiga en silencio seguía recitando su “mantra” espanta-visionarios, adoradores de “pitos”.
A esto, la vieja-madre se levanta gritando:
-¿por qué, no contestas?, ¿no te importa lo que te está diciendo mi hijo?, no tienes vergüenza ¡tu, estás borracha! ¡Guarra, vete a tu casa!, que aquí no te queremos”.
Recuerden, media tarde, mucho calor, música suave y un té frío, y un terrado comunitario que debería estar cerrado y vacío. Mi amiga es una señora activa profesionalmente que pasa de los cincuenta.
Finalmente, cada vez más autoexcitados y agresivos, recogen todos los muebles y la merendola, y se van a su casa gritando, mientras la vieja se queda de guardia hasta que la “intrusa” abandone “su terraza”, según vocifera.
Nos quedamos unos veinte minutos en silencio, respirando hondo ante tan inaudito espectáculo, digno de una película de Almodóvar.
Bajamos a casa para intentar reanudar el relajante plan que habíamos programado para esa tarde estival, aún un poco perplejas.
Moraleja: si un neandertal o un “cromagnon” anda cerca de tu hogar, prueba este remedio: coloca en la entrada un tótem simbolizando el “gran pito”, esto te inmunizará del acoso cavernícola. Si lo pruebas y resulta ¡comunícalo!.
PD. Todo esto pasaba, tal como lo he contado, el verano pasado en un barrio céntrico y tradicional de la ciudad de Barcelona, que hasta hace pocos años era un “barri de botiguers”, mayoritariamente votante de la derecha conservadora catalana (CiU). La ironía es propia.